...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Las bellas artes en la gran trama urbana

Esperando a la Ballena...

Alberto Giudici / Periodista y Crítico de arte

El proyecto del Centro Cultural del Bicentenario en el edificio del Correo Central, con su preservación histórica y sus nuevas funciones –la sala de conciertos denominada Ballena Azul, entre otras–, es el eje de una audaz propuesta de rescate del espacio público iniciado en 2006 con la vieja Aduana Taylor, hoy Museo del Centenario, que guarda el recuperado mural de David Alfaro Siqueiros.

 

 
Corte del edificio tal como quedará, convertido en un gran centro cultural. A la derecha, la llamada “área noble” restaurada íntegramente; a la izquierda, al “área industrial”,
demolida en su interior para albergar una sala de música de cámara, la Gran Sala Sinfónica, la llamada Ballena Azul, para dos mil personas (ver maqueta arriba), y espacios para múltiples actividades artísticas,
suspendidos en el aire. 

Desde las sucesivas fundaciones y refundaciones de la ciudad, de su condición de fuerte estratégico cuando muy tardíamente se crea el Virreinato del Río de la Plata, conflictivo centro político de la naciente Nación, bastión del separatismo porteño frente al “interior bárbaro”, ciudad puerto, ciudad aduana, ciudad embudo, Gran Aldea… hasta dar paso a una imponente ciudad “europea” en las primeras décadas del siglo XX, modelada según los preceptos de la École de Beaux Arts, Buenos Aires fue fragmento, historia de tensiones y desgarros abruptos, mezcla de estilos en la alocada planificación urbana que todavía hoy sorprende al visitante que transita la mítica ciudad del Plata, tan eterna como el agua y el aire…
La propia historia del edificio del Correo Central y de su entorno puede sintetizar esas fracturas, donde muchas construcciones icónicas quedaron como ínsulas de la memoria; la de otro tiempo, en medio del pastiche arquitectónico. Declarado monumento histórico en 1997, quedó momificado tras la privatización del correo argentino, al perder la necesaria integración entre objeto y función; era otro elefante blanco, rémora y sueño de un pasado de incierto futuro. 
La idea de la recuperación edilicia y preservación, decidida por el gobierno nacional en 2006, tuvo la audacia no sólo de su refuncionalización como un inmenso centro cultural, eje de propuestas artísticas diversas, sino de su integración a la trama urbana. Una trama degradada que, una vez más, clama por una nueva “refundación”. Es que su entorno había cambiado y no para bien. Las mutaciones ciudadanas hicieron de Leandro N. Alem/Paseo Colón una suerte de frontera en la que ya nada miraba al río, cada vez más distante. Gigantescos contendores, circulación afiebrada de colectivos, ferrovías, camiones, autos, el vaho gris que lo envolvía, todo había convertido a ese territorio en un “patio trasero”, que se atraviesa con dificultad y con desgano, para acceder a sitios hoy más atractivos en el plano cultural y turístico, como Puerto Madero, la Costanera Sur, la Reserva Ecológica.

Un lugar central lo ocupa la Ballena Azul, una sala sinfónica con una capacidad para 2 milpersonas.


A mediados de 2006, por iniciativa del entonces presidente Néstor Kirchner, y luego de la actual presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se llamó a un concurso internacional para la reconversión del Palacio de Correos en Centro Cultural del Bicentenario. El comité respectivo, presidido por José Nun, entonces secretario de Cultura de la Nación,  convocó a presentar “proyectos concretos para potenciar el patrimonio y la oferta de bienes simbólicos de Buenos Aires, consolidando su lugar como la gran capital cultural de América latina”.
Se presentaron cuarenta proyectos de una decena de países. El primer premio se otorgó en noviembre de ese año, por decisión unánime del jurado, presidido por el arquitecto catalán Ramón Sanabria Box, a un equipo interdisciplinario que incluye dos estudios de arquitectura: Bares y Asociados, de La Plata, y Becker-Ferrari, de la ciudad de Buenos Aires, unificados bajo la sigla B4FS (Enrique Bares, Federico Bares, Nicolás Bares, Daniel Becker, Claudio Ferrari y Florencia Schnack).  
El desafío era inmenso y apasionante: no sólo poner en valor el edificio, sino también hacer propuestas concretas para el entorno urbano. El proyecto ganador respondía a todos esos requerimientos. “El equipo interpretó que el edificio no debía considerarse un edificio-objeto sino un edificio-ciudad. La idea retomaba las sugerencias teóricas que, varias décadas antes, el arquitecto y teórico Marcos Winograd había planteado en relación con la arquitectura. El edificio-objeto se contempla, el edificio-ciudad asume su papel como parte del fragmento urbano”, señala Graciela Silvestri, investigadora del Conicet-UNLP, quien colaboró con el estudio B4FS en aspectos puntuales.
Ese marco conceptual fue decisivo. Había que definir qué se preserva cuando ya su función original, de edificio de correo, había cesado. “La instancia urbanística, que dentro del concurso internacional propusimos, abarca desde Corrientes hasta Belgrano y desde Huergo hasta Paseo Colón –indica por su parte el arquitecto Daniel Becker–, y en relación con el edificio del Correo, intervenirlo en todas las áreas con el objeto de una preservación total, incluyendo la estructura, sumando además un programa para distintas actividades culturales.”

El arquitecto Daniel Becker, uno de los integrantes del estudio B4FS, ganador del proyecto, muestra a El Arca bocetos y planos de lo que será una nueva área del espacio público integrado, desde la Av. Corrientes hasta la Av. Belgrano, con plazas y parques.


Es así que la propuesta proyectual del estudio B4FS para transformar el Correo Central en el nuevo Centro Cultural del Bicentenario fue organizada abordando el edificio como dos partes: el “área noble”, sobre Sarmiento, donde se encuentran los viejos salones de atención al público, las escaleras principales y lo más valioso del edificio, tanto en temas de espacio como de decoración y significado histórico; y el “área industrial”, que comprende dos tercios del edificio original, y llega hasta el frente de la avenida Corrientes. El área industrial, redimensionada y pensada como un pulmón con respiración propia, capaz de convocar multitudes, se proyectaba hacia el exterior, exhalando aire a ese castigado entorno. “El gran desafío era cómo integrar todo esto sin que interfiera con lo histórico”, insiste Becker.
Los trabajos que se realizaron en el área noble potenciaron el valor histórico y patrimonial del edificio sin desvirtuar su naturaleza. El Salón de los Escudos, el Salón Eva Perón (el cual, en el década del 40, fue usado como despacho de la esposa del entonces presidente Perón), el Salón de Honor y el Salón de los Buzones fueron restaurados y puestos en valor, con el fin de lograr tanto un óptimo aprovechamiento del espacio en actividades culturales, como también para apreciar la arquitectura y el mobiliario originales. Del mismo modo, en las fachadas, que se conservaron impecablemente, se hicieron obras de restauración, reponiendo molduras destruidas o eliminadas, siempre respetando el estilo arquitectónico delineado por Maillart. Asimismo, el CCB también contará con una sucursal del Correo Argentino y con un museo Correo Postal y Telegráfico, que mantendrán vivo el pasado del edificio.
En cambio, el área industrial fue demolida completamente, dejando sólo las fachadas perimetrales y un sector mínimo de cada losa. El patio central del Correo, de 20 x 20 metros se amplió así a 50 x 50 metros. Una jaula tectónica de columnas metálicas dibuja la nueva fachada interior siguiendo la estructura envolvente original pero de modo de generar allí un gran espacio unificado de varios niveles de altura, de estilo contemporáneo y arquitectura de avanzada, en claro contraste con el área noble, combinando así la elegancia neoclásica con el nuevo sector, contemporáneo. Es en ese sector que se dio forma a las ideas más audaces y, por momentos, polémicas del proyecto.

La Ballena Azul en plena construcción: un inmenso monolito sin aristas.
El maestro Héctor Gerardo García, de la Sinfónica Nacional, prueba la acústica.
Desde la cúpula y la terraza del Correo, una dilatada mirada hacia el Sur.


En el primer subsuelo, excavado expresamente, habrá una sala de música de cámara para seiscientos espectadores. En la planta baja, el inmenso espacio generado tras la demolición alojará en su centro una sala de conciertos, que fue apodada “Ballena Azul” debido a su forma globular y a su revestimiento color azul. Sobre la “ballena” se ubica el llamado “Chandelier”. Se trata de una estructura vidriada colgante sostenida por tensores desde el techo del edificio, que toma su nombre aludiendo a los grandes candelabros suspendidos en halls y salas teatrales. Tomando los últimos tres pisos de altura, el Chandelier albergará un museo de arte contemporáneo. Coronando el edificio, la terraza será un sitio privilegiado para ver la ciudad, y allí estará el sector gastronómico.
La Ballena Azul ocupa un lugar central en este moderno espacio. Se trata de una gran sala sinfónica con capacidad para dos mil espectadores, que se transformará en sede de la Orquesta Sinfónica Nacional. Las patas que la sostienen y su enorme estructura ovalada y curva por donde se la mire generan la idea de una ballena. Esta sala tendrá un nivel acústico de excelencia y contará con un órgano de viento, de 3.500 tubos y 46 registros, diseñado especialmente en Alemania por la firma Klais. Será la primera sala sinfónica de América latina con un órgano.
Además, repara una carencia crónica en la intensa vida musical ciudadana: la falta de una sala de conciertos. El cierre temporal del Teatro Colón, cierre que se extendió mucho más de lo previsto por razones de todo tipo, puso de manifiesto la escasez de ámbitos destinados a la ejecución musical, en una ciudad que tiene tres orquestas estatales, numerosos conservatorios, escuelas, coros y ensambles institucionales y privados, y un público calculado en varios millones de oyentes potenciales. Por todo lo que ello implica, además de los problemas estructurales y acústicos, la “Ballena azul” es, sin duda, el alma del proyecto.

La acústica, todo un tema…

En principio, el volumen y la complejidad de la sala sinfónica eran un desafío en relación con la necesidad de preservar la integridad del edificio. “Si bien el proyecto era nuestro –indica Daniel Becker–, el resultado final es producto de un trabajo en equipo, con la participación de asesores en acústica y en estructura, que desempeñaron un papel activo en la determinación de la forma. Era esencial articular los problemas acústicos con los problemas arquitectónicos. Entonces, hubo y hay un diálogo constante con asesores que van midiendo en forma teórica las características de la acústica en ese espacio con la extensión final.”
Ejemplifica Becker: “Una persona que está sentada en la primera fila a la derecha debe poder escuchar de una forma similar a la que está arriba de todo sin que exista una gran diferencia en la percepción del sonido. Hay que tener en cuenta que es una sala netamente sinfónica. No es una sala que sirve para teatro, danza u ópera. No existe un escenario que conforme lo que en el teatro es la cuarta pared. La orquesta está integrada en el propio espacio. Si bien la acústica tiene, para algunos, mucho de subjetividad, hay una ciencia por detrás en la que lo principal está medido y cuantificado, y se tiene que considerar el problema de una sala con gente o una sala sin gente, porque la gente es un elemento acústico dentro de la sala. O cuando hay una función con quinientas personas en lugar de dos mil: la acústica no tendría que cambiar. Hay una  serie de complejidades que tienen que ver con los tiempos de reverberación, de absorción y rebote de los sonidos, con los materiales refractarios usados, la madera, la piedra… todo eso está calculado y regulado”. Becker hace una pausa y redondea: “Es que una sala es como un instrumento que se puede ajustar, sí, ajustar como cualquier instrumento, y hacer los cambios necesarios a partir de la verificación concreta para que lo teórico sea el resultado final”.
Cada uno de los integrantes del estudio viajó a distintas partes, principalmente de Europa, para conocer y estudiar las distintas posibilidades. “Estuvimos en Francia, España, Alemania y Suiza, básicamente. Y las mejores salas son las que se conocen como shoebox, o sea una caja de zapatos. Obviamente, no es solamente la forma la que da la acústica, hay otras cuestiones a tener en cuenta, pero el sonido se sigue emitiendo desde el frente hacia el fondo. De ahí que la forma más antigua, la del shoebox, sigue siendo la más eficaz. Y ese fue una de los temas más interesantes y complejos a resolver”.

La cúpula del Correo es hoy un faro azul, símbolo de su nuevo tiempo.
La restauración de la cúpula que corona el edificio convirtió un espacio residual en uno de los puntos más significativos del CCB. Y más conflictivo en un inicio, porque implicó una intervención muy fuerte sobre la fachada, o sea, lo que se consideraba la parte “intocable” del viejo Correo. Sin embargo, el criterio adoptado consistió en reemplazar la antigua cubierta de tejuelas de pizarra, tan característica del estilo francés, por una superficie de vidrio polarizado, ya que se la eligió como sala de conferencias y espectáculos y mirador urbano privilegiado, de acceso público, culminando así la articulación del edificio con el espacio urbano. Se destaca el sistema de iluminación con leds de alta tecnología, que permite componer diferentes colores a través de imágenes computarizadas.


Daniel Becker lo explica así: “El Correo estaba en una escala tan grande que se invisibilizaba. No tenía ninguna presencia pública, era hermético, sin ventanas. Era un pedazo de la ciudad. De alguna manera había que transformar este edificio hermético, objetual que no se veía, en un espacio público. O sea, transformar esa lógica de edificio-objeto a edificio-ciudad, abierto a la gente, al público, como proponía en su momento Winograd. Yo soy titular de cátedra en la universidad y siempre el tema del espacio público es el eje de nuestras clases. Siempre decimos que la arquitectura tiene ese telón de fondo, lo que la convierte en espacio público. Había que penetrar en el edificio. Romperle ese carácter histórico, tan fuerte, tan pesado que tenía, y eso está dado por la cúpula de vidrio, para que tenga una impronta contemporánea. O sea un faro de luz que mira hacia el Sur”.

Una historia accidentada

Desde que el presidente Miguel Juárez Celman aprobó el proyecto de su construcción en 1888 hasta su inauguración, tres décadas más tarde, el Palacio de Correos y Telégrafos, o Correo Central a secas, transpiró todas las turbulencias político-económicas del país.

El Correo Central en 1927, casi terminado, y hoy, durante su restauración.

En ese entonces Buenos Aires era la flamante capital de la república y el Estado nacional buscaba exhibirse mediante grandiosas construcciones públicas, que tuvieran toda la pompa del auge económico del momento. A esto se lo llamaba “arquitectura de prestigio”. La tarea le fue encomendada al arquitecto francés Norbert-Auguste Maillart, quien lo diseñó según los preceptos de la École des Beaux-Arts e inspirado en la Central de Correos de Nueva York. La obra arrancó en 1889 en la manzana entre las actuales avenidas Leandro N. Alem y Corrientes y las calles Bouchard y Sarmiento. Un año más tarde sufrió la primera interrupción debido a la crisis económica y a la caída de Juárez Celman.
Pasaron quince años cuando se reasignó una nueva partida, pero para entonces el proyecto original había envejecido por los cambios tecnológicos y una mayor demanda de servicios. Contratado nuevamente en 1911, Maillart le imprimió el estilo neoclásico característico del primer tercio del siglo XX. Pero finalmente quedó a cargo de su principal colaborador, el ruso Jacques Spolsky, quien a su vez encaró importantes modificaciones, entre ellas la introducción de un esqueleto metálico en reemplazo de los macizos de albañilería. Como eran terrenos ganados al río fue necesaria una obra de ingeniería monumental: 2.882 pilotes de hormigón armado fueron hundidos a 10 metros de profundidad con una losa que los unía a todos, logrando así una sólida base de cimentación.
En 1916 la grave situación económica y la falta de materiales debido a la Primera Guerra Mundial impusieron replanteos: los ventanales, que hoy pueden verse en el segundo piso por la calle Sarmiento, eran originalmente las entradas al edificio. Para no alterar el frente se le agregó un nuevo basamento. En 1923 se agotaron los fondos. Una nueva ley asignó nuevas partidas y el 28 de septiembre de 1928, dos semanas antes de terminar su mandato, el presidente Marcelo Torcuato de Alvear lo inauguró. Se lo llamó palacio en el sentido neoclásico. Durante los primeros mandatos de Juan Domingo Perón tuvo allí sus oficinas Eva Perón y funcionó la fundación que lleva su nombre.
En los 90 llegó el derrumbe privatizador. Pero en 1997 fue declarado monumento histórico nacional (ley 12.665) por su importancia histórica y arquitectónica. En 2002 dejó de funcionar como distribuidor de correspondencia y hasta 2009 sólo la entrada por Sarmiento siguió siendo utilizada como oficina de correos. El resto quedó inactivo.
Pero ya por entonces, por iniciativa del presidente Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández, estaba en marcha el proyecto de transformar el otrora Palacio de Correos en un nuevo y re-volucionario Palacio de las Artes.


De la Aduana porteña al Museo del Bicentenario


El paciente trabajo de restauración del mural Ejercicio plástico, de Siqueiros.

La vieja imagen de las lavanderas junto al río y de las carretas tiradas por bueyes pisando sus aguas para recoger pasajeros y mercancías, retrato característico capturado por los artistas europeos que recalaban en la ciudad, dio paso a otra imagen muy poderosa en la segunda mitad del siglo XIX: la Aduana Nueva o Aduana de Taylor.
Emblemática por sus características arquitectónicas y constructivas, marcó el inicio de la transformación de la Gran Aldea y fue el primer edificio público de gran porte construido en Buenos Aires, en 1857. Vecina del Viejo Fuerte parcialmente demolido, fue también el primer relleno importante realizado sobre te-rrenos ganados al Río de la Plata. “El problema del puerto y la aduana –escribe el historiador de la ciudad Daniel Schavelzon– no eran cuestiones menores para los porteños. Una ciudad y una provincia escindida de la Nación como era Buenos Aires en ese momento, que subsistía de los ingresos de la aduana, tenía que encontrar una solución”. La conflictiva Ley de Aduanas de 1854 no alcanzó y en 1855 se llamó a concurso para encarar un proyecto monumental. En la compulsa, triunfó el del ingeniero inglés Edward Taylor. En tiempo récord fue inaugurada dos años después. Su estilo de formas rotundas y simples remitía al clasicismo inglés de comienzos del siglo XIX, en el cual se formó Taylor. Constaba de planta baja y cinco pisos altos, con una torre central y un faro de 25 metros de altura, visible a varios kilómetros dentro del estuario. Un espigón de madera se internaba 300 metros en el río, donde amarraban los barcos, y era usado como muelle para pasajeros y para bajar las cargas: mediante un servicio de zorras y un riel, la mercadería era conducida hasta 51 almacenes abovedados y rodeados por las galerías. Como el edificio penetraba en el río, dos grandes rampas curvas trepaban la barranca, pasaban por el Patio de Maniobras y desde allí se la subía mediante guinches a la aduana propiamente dicha o a lo que fueron los depósitos de la Real Audiencia.

Los contenedores ya en la Rosada.

La Presidenta con el autor de la nota.

El proyecto de Taylor, originalmente mucho más ambicioso, incluía un malecón para proteger el edificio del fuerte oleaje durante las sudestadas. Como esto no se llevó a cabo, el deterioro por los embates del río se hizo notorio con el paso de los años, afectando su estructura de hierro y su muelle. En 1894, trás sólo treinta y siete años de uso, el edificio de la Aduana fue demolido, salvo su planta baja y parte del primer piso, que quedaron sepultados por el relleno que dio origen a las obras de Puerto Madero.
Así, a comienzos del siglo XX, la Aduana Taylor pasó a ser otro icono ausente de la memoriosa Buenos Aires, hasta que en 1983, después de hurgar en 320 planos y miles de documentos históricos, fueron realizados los primeros cateos. Se descubrió el perfil de la galería de la Real Audiencia, de 124 m de largo por 9 m de ancho, integrado por 15 arcos de 5,8 m de largo, que son parte de lo que hoy es el Museo del Bicentenario, junto con el Patio de Maniobras. Pero nada se hizo para su recuperación.
En 2011 el estudio de arquitectos B4FS, también ganador del proyecto del Centro Cultural del Bicentenario en el ex Correo Central, proyecta su restauración y remodelación, protegiéndola con un techo vidriado y carpinterías especialmente diseñadas.
“En un sentido historiográfico y arqueológico es un lugar emblemático por todo lo que significó la Aduana en el país –señala el arquitecto Daniel Becker, que integra el equipo de B4FS–. Además, en el área donde está la Casa Rosada, se levantó el fuerte San Miguel, el primer edificio de correo y la terminal del ferrocarril. O sea, todo lo que tenía que ver con las comunicaciones tanto al interior como al exterior. Tiene una carga histórica muy fuerte. Por eso fue tan apasionante su recuperación. Lo que sí es increíble es que cuando fuimos por primera vez a ver lo que quedaba de la Aduana Taylor, en 2009, el lugar era un desastre: estaba todo inundado, podrido, había agua hasta por acá e incluso una carroza abandonada…”.

Durante las excavaciones se encontraron porcelanas, cerámicas de El Havre, terracotas, hornacinas, alacenas, salamandras y variados objetos, que en parte se exhiben en el museo. Y para cerrar el proyecto se amplió el parque Colón, que se encuentra sobre lo que quedó del piso de los depósitos sepultados de la Aduana, vinculándolo a la Casa Rosada y a la Plaza de Mayo.
Hoy, en su interior también alberga el mural Ejercicio plástico realizado en 1933 en la quinta de Natalio Botana, en la localidad de Don Torcuato, por el artista mexicano David Alfaro Siqueiros, junto con los argentinos Lino Enea Spilimbergo, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y el escenógrafo uruguayo Enrique Lazaro. Desguazado en 1989, fue guardado en cuatro contenedores con el objeto de sacarlo del país, para su venta asegurada. Una medida cautelar lo impidió. Pero quedó confinado en su cárcel de chapa al aire libre durante 17 años. Entre litigios judiciales y oscuros intereses, el reclamo de la comunidad artística dio un salto cuando en 2003 el presidente Néstor Kirchner firmó el decreto que lo declaró bien histórico y cultural. Ya no podía salir del país aunque la sorda puja tribunalicia no se detuvo hasta que la decisión política de la presidenta Cristina Fernández logró su recuperación plena como patrimonio de la Nación, su restauración con un equipo multidisciplinario de especialistas argentinos y mexicanos y su instalación definitiva en el otrora Patio de Maniobras y hoy parte del proyectado Museo del Bicentenario de la Casa Rosada. Considerado uno de los trabajos experimentales más importantes del siglo XX en el terreno del muralismo, es la perla del Museo.